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El Reloj.

Me agarró de la cintura y me arrastró hasta la mesa de su despacho complaciéndome con sus mejores besos. Con total decisión bordeó con los dedos mi camisa y tocó la piel de mi cintura subiendo por el interior de la prenda hasta alcanzar mis pechos que masajeó y retorció hasta provocarme un pequeño grito ahogado. Fue brusco de improvisto pellizcó con dureza uno de mis pezones y su boca entonces abandonaron mis labios para aliviar el dolor que acababa de proporcionarme, succionando y chupando mis pezones de una manera deliciosa.

Me subió entonces encima de su escritorio tirando todo lo que había allí, por un momento me dio por pensar en la mujer de la limpieza pobrecilla todo el trabajo que tendría aquí. Sus manos levantaron mi camisa dejando mis pechos al descubierto, sus ojos brillaban con ardor y sus manos recorrieron con el dedo índice y corazón la línea de mis caderas ese roce provocó una oleada inmensa de calor en mi interior que rápidamente se centró en mi vagina. No había ansiedad en sus caricias, no era como las veces anteriores esta vez era diferente, no era rudo sino amable, como si me quisiera de verdad y con esto pretendiera demostrármelo. Me levantó y me puso a horcajadas sobre él, me besó en los labios con una pasión increíble devorándome con su lengua y succionándome, termina de quitarle el resto de la camisa con desesperación y de repente me coge por las caderas colocándome sobre su tremenda erección pero antes de penetrarme por completo me mira unos instantes fijamente a los ojos, y lo que vi era puro amor. Me di cuenta que no dejaba de mirarme mientras entraba y salía de mi interior con cada dura embestida que se hacía cada vez más fuerte, y se estaba conteniendo demasiado por que estaba empezando a sudar.

El tic tac del reloj de la oficina y nuestras respiraciones entrecortadas saturaban mis oídos haciendo que alcanzase el orgasmo inmediatamente.











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